jueves, 21 de febrero de 2013

De voces y caldos

Cuando una persona se va, se lleva con ella todo lo que la hace única. La voz, por ejemplo. Un amigo que perdió a su padre hace muchos años, cuando él era aún un niño, me confesó que apenas se acordaba de su voz y que eso le ponía muy triste. Claro, hoy en día cualquiera tiene vídeos de toda su familia en el móvil, pero esto no era así en la Grecia de hace veinte años. Y en realidad los padres siempre tienen mejores cosas que hacer que hablar delante de una cámara.

Y los platos. La manera de cocinar de cada uno, nuestras recetas preferidas, ese toque personal único, se irá con nosotros a la tumba. Yo ya he pasado por la surrealista experiencia de sacar un caldo del congelador, hervirlo y comérmelo sabiendo que es la última vez que voy a experimentar ese sabor, porque la persona que lo cocinó ya ha muerto. Y en estos seis años, mira qué hecho caldos, pero no hay manera, no consigo igualar al que hacía mi madre.

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